Masculinidades: una propuesta desde la educación popular hacia una mirada interseccional

Actualizado: 20 de sep de 2019

Ponencia presentada en el Primer Coloquio sobre Hombres+ y Masculinidades

Octubre, 2018


Por: Addiel I. Florenzan Metz y Coraly León Morales

Educadores Populares de Pueblo Crítico


Uno de los aspectos más importantes de la educación popular es que se sitúa de cara a la realidad y por tal razón cuando salimos a caminar en las calles, lo que sucede allí no nos resulta extraño o lejano. Dar cara a la realidad se convierte en una propuesta potente. La experiencia de cada persona y la reflexión que realiza tomando como punto de partida lo que conoce es lo más importante dentro de los procesos gestados desde la educación popular. Los cuestionamientos surgen desde lo que vivimos y hacia lo que vivimos, junto a las personas que comparten condiciones socioeconómicas, políticas y culturales similares, o que se mueven en espacios comunes. La educación popular es inherentemente a la política. Esta implica:

  1. Una lectura crítica de la sociedad y de la educación predominante.

  2. Una intencionalidad política emancipadora.

  3. El reconocimiento de que las personas son sujetos populares y protagonistas de su emancipación.

  4. Actuar dentro del campo de incidencia subjetiva de las personas.

  5. Técnicas dentro de la metodología coherentes con el propósito.


Quien realiza educación popular se concibe como una persona que participa dentro del proceso (no se ve por fuera del mismo) y necesariamente, se ubica al servicio de las gentes dentro del espectro político, en oposición a las injusticias. Por ello, aunque desde Pueblo Crítico hemos trabajado la educación popular desde relaciones formales con otros organismos, ciertamente la intervención se da, en la mayoría de ocasiones, en espacios informales. Desde bibliotecas, pasillos y comedores, hasta salones equipados donde los únicos recursos que se utilizan es el suelo para sentarse y un tablero que sirve como medio para incentivar la discusión. Es la apuesta de insertarse en los espacios subjetivos y construir ciudadanía desde una pedagogía política. Es en la construcción de ciudadanía donde se repiensa, se cuestiona y problematiza el mundo actual para movilizarnos a crear un mundo distinto. Desde esos espacios se cuestionan las narrativas dominantes y las relaciones de poder que surgen de estas. Se visibiliza y cuestionan conductas, opiniones y posiciones hegemónicas que tienden a establecer las reglas sobre cómo desarrollamos nuestras relaciones, cómo vemos al mundo y qué esperan las otras personas de nosotras. En la medida en que estas posiciones son primero, visibilizadas como no naturales y, segundo, cuestionadas debido a la violencia o a la opresión que reproducen, la educación popular sirve de vía para desarrollar otras formas de ser y de relacionarnos.


La realidad de cada persona está construida por un cúmulo de experiencias que dan inicio el día que nace. Por ello, se centra el interés en la integración de cada persona junto con su realidad para que el proceso de concientización se traduzca en la posible comprensión de las causas de sus condiciones de vida y que, como consecuencia, provoque “acciones organizativas” conjuntas y transformadoras.


Socialmente hemos desarrollado una forma única de entender la fortaleza. Pensamos tradicionalmente que una persona fuerte es una persona que no llora, que no pierde nunca el control de sus emociones, que es rígida, fría, inamovible. Asociamos así la fortaleza con arquetipos tradicionales sobre el “ser hombre” o “lo masculino” que están mediados por una masculinidad tóxica. Es esa rigidez la que se enseña a nuestra niñez. Hay un proceso de “grooming” donde los varones pierden contacto con su lado emocional. No se les permite canal para demostrar emoción que no sea la rabia. En el caso de las niñas, estas son tildadas de “histéricas, emocionales, incontrolables, locas…”, etc,. A las niñas sí se les controla su posibilidad de expresar la rabia. En un mundo patriarcal los niños no deben llorar y las niñas no deben rabiar. Pueblo Crítico ha utilizado la educación popular como herramienta para crear espacios donde estas dicotomías puedan ser exploradas, cuestionadas y deconstruidas en ambientes seguros y de una forma lúdica. Espacios donde se reconocen las experiencias particulares de cada participante, sin anular el entendimiento que tiene sobre dichas experiencias y utilizandolas como el recurso vital de la dinámica que resulta de la interacción entre el grupo. De esta forma se trabajan reflexiones complejas a través del juego y así se minimizan barreras y resistencias.


Insertarse en la subjetividad no es solo cuestionar expresiones particulares. También es tener una aptitud ante las condiciones políticas que condicionan el trabajo que se realiza. Es tener una fe inmensa en la gente y tener la certeza de que otro mundo es posible. Se convertiría en una acción inalcanzable cuestionar la hegemonía, con miras a que las personas que participan dentro de un proceso de educación popular se movilicen, si el referente que tendrá sobre cambio es la fatalidad. Se perdería lo atractivo y el desarrollo de la conciencia colectiva se traduciría en amor inamovible, alejado de lo político y cercano a lo esencialista.


En nuestro país existe una jerarquía de voces. Hay voces que son escuchadas sin mucho esfuerzo y hay voces que viven en “mute”, a pesar de los grandes esfuerzos que éstas hacen para ser escuchadas. Utilizamos la educación popular para co-crear espacios democráticos donde todas las voces que participan sean escuchadas y donde unas voces no acaparen los espacios, excluyendo a otras.


Las opresiones no se dan en un vacío. Esto se tiene presente en el proceso de diseño de Pueblo Crítico. La forma en que se diseñan los juegos permiten explorar dinámicas de opresión en contextos muy similares a los que se dan en nuestra realidad social. Se utilizan ejemplos de la cotidianidad como herramienta problematizadora. Cuando se viven múltiples opresiones, no se vive una primero y otra después. Nuestra experiencia se convierte en producto de un entramado de privilegios y opresiones que no podemos soltar como soltamos una gorra o una pieza de ropa. Es por esto que nuestra propuesta implica abordar nuestras realidades reconociendo ese entramado, esa relación entre opresiones y privilegios que marcan nuestra existencia. No abordamos el tema de las masculinidades en un vacío, aislado y desconectado de todo, si no, pensando desde las intersecciones de las opresiones que viven y vivimos quienes participamos de espacios construidos desde la educación popular.


Pensar desde la interseccionalidad no implica hacer una suma de las opresiones que vivimos. Implica reconocer que existen, que se entrelazan, que se relacionan entre sí y que median nuestra existencia, definen como somos vistas y percibidas en sociedad. Cuando vivimos experimentando diversas opresiones o privilegios no podemos decir con certeza “aquí termina una y aquí comienza la otra”. Es por esto que hacemos un esfuerzo de acompañar procesos que permitan explorar estas dinámicas en su entramado y no como temas aislados unos de otros. Un espacio democratizado no está exento de opresiones, de lo único que está exento es de que acallen voces que quieren expresar lo que sienten o lo que piensan. Es importante tomarlo en consideración porque en cualquier momento del proceso pudiera alguien hacer una expresión ofensiva y que no lo reconozca como tal, porque dentro de su realidad ello tiene una definición totalmente distinta a la que tiene cualquiera de las personas que están allí presentes. ¿Qué hacemos cuando la expresión fue escuchada y todo el mundo espera una reflexión compartida sobre ella? La expresión no es lapsa como el grito que le damos a un taxi para que se detenga. No es lapsa como el grito que le damos a la persona que vende viandas de manera ambulante y tampoco es igual de lapsa que cuando estamos solas y reaccionamos después de haber recibido un golpe en unos de nuestros dedos al andar descalzas. La expresión no es como un papel que cae en medio del círculo que creamos para hablar. La expresión trastoca las emociones de las personas presentes convirtiéndose en una nueva experiencia, que en ese momento es compartida con otras.


A nuestras convocatorias de procesos de educación popular llegan varones, niños, jóvenes y adultos que se piensan así mismos desde un marco rígido delimitado por la masculinidad hegemónica. Convocatorias en las que se plantea de primera instancia un tema que está sujeto a muchos otros temas. Ejemplo: cómo podríamos hablar única y exclusivamente de enfermedades de transmisión sexual cuando un joven en sus reflexiones expresa: “mistel pero es que a veces no hay condones y ella me tiene que dar la prueba de amor”. Sería sencillo decirle que espere a otra ocasión, pero estaríamos faltando a nuestras convicciones sino preguntamos abiertamente si alguien está en la obligación a ofrecer una prueba de amor. Y es un cuestionamiento a sabiendas de que habrá resistencia o un choque de ideas. Pensar que no sucederá es establecer que hay una unicidad de pensamientos entre personas que en ocasiones no tienen relaciones interpersonales y que en la mayoría de ocasiones es la primera vez que les vemos.


Manejar las resistencias puede implicar retos. Cuando resistimos una conversación, un tema, una situación, tendemos a evitar o a entrar en la defensiva. Es por ello que trabajamos las resistencias desde varios ángulos al mismo tiempo. Trabajar desde lo lúdico permite disminuir esas resistencias, pero, ¿qué hacer cuando lo lúdico dentro de un tablero abre la puerta a expresiones ofensivas? El factor lúdico puede ayudar a disminuir la resistencia a participar de un proceso que lo realizará una o varias personas desconocidas, pero no incide directamente de forma positiva o negativa en cualquier expresión que haga quienes participen. Como colectivo no vamos a ningún lado a regañar a las personas, pero si tenemos claras las razones por las cuales estamos ahí y una de ellas es cuestionar la realidad. Cuando un joven en desarrollo hace una expresión como esa, desde su perspectiva, está seguro de que no es negativa y por ello no la oculta; expresandola como su “verdad”. La tensión llega al lugar cuando se cuestiona dicha realidad o verdad y en muchas ocasiones puede traer resistencias. Es por esto que empleamos estrategias que ayuden a derribar resistencias y fronteras.


Uno de los retos más grandes que enfrentamos cuando nos planteamos trabajar desde la educación popular es estar consciente que, como acompañantes de procesos, no estamos para juzgar a las personas que participan de los espacios. No somos neutrales, todas las personas cargan con posicionamientos políticos y es por esto que no juzgar siempre es un reto, pero es fundamental para que las personas puedan explorar y cuestionar mandatos sociales que han sido históricamente establecidos como la norma. En vez de juzgar, tratamos de explorar de dónde provienen los posicionamientos que participantes comparten y las experiencias han formado esas posturas.


Hace poco me encontraba acompañando un proceso. Es el turno de un chico de unos dieciséis años y al analizar y reflexionar sobre una situación en la que una joven utilizaba ropa que comúnmente conocemos como provocativa expresa: “mistel lo que sucede es que a ella nadie le va hacer caso vistiéndose como una puta”. Uno nunca está preparado para un quiebre, así que dentro de todas las herramientas que tenía a la mano, se me ocurrió hacer lo más humano en mí: modelar una nueva masculinidad a ese joven el cual todo su entorno valida dicha expresión. ¿De los varones que estamos aquí a cuantos nos han dicho putos? – pregunté. Todos los varones que estábamos allí levantamos la mano. Procedí a preguntar con la mano aun levantada: ¿Cuántos nos hemos sentido mal por ello? Ocurre que el grupo se condiciona a si mismo y varias chicas que se encontraban presentes dijeron: “a mi no me gusta y eso ofende”. Seguido de esas expresiones el mismo joven que inició la reflexión dijo: “verdad, no significa lo mismo”.


Hubo otro caso en el que uno de los tableros presentaba una situación en la que dos jóvenes varones tenían una relación de pareja y uno de estos toma por la fuerza al otro para tener relaciones sexuales en el almacén mientras este último ponía resistencia. Un joven participante toma la situación y la lee y al reaccionar dice: “jajaja chacho si es un hombre le doy un puño”. Pasa que desde su experiencia lo único preocupante en la situación era que estos dos jóvenes eran homosexuales y eso era motivo de burla. Circunscribió la situación a su heterosexualidad y masculinidad hegemónica. Procedí a preguntar: ¿Qué cosas negativas podemos resaltar de esta situación? Hubo un silencio momentáneo y otro joven expresó: “el problema no es que son homosexuales, ellos pueden estar con quienes quieran… el problema es que lo está tratando de violar”. Así, como parte del proceso, ocurre a modo de etapas: reflexión, cuestionamiento, nueva experiencia y el posible comienzo de una nueva forma de relacionarse.


Por esto en Pueblo Crítico los juegos se construyen utilizando experiencias y vivencias como inspiración. Esto hace que los temas a trabajar no sean ajenos o distantes y facilita la integración y participación. Utilizar experiencias de la cotidianidad permite que se cree un grado de familiaridad y baja las defensas de las personas, particularmente cuando trabajamos temas complejos o controversiales. Durante el juego, quienes participan, se sumergen en un proceso en el que develan toda su ideología y con qué espejuelos ven el mundo para luego ser cuestionadas. El juego sigue siendo el medio del proceso, pero en su diseño, también existen un conjunto de experiencias, que como educadores/as populares nos hace estar en un proceso de formación y reflexión contínua. Por ejemplo, en Pueblo Crítico se trabaja desde un modelo colectivo. La idea de un juego la trae una persona integrante del equipo y esta es desarrollada, ampliada y mejorada colectivamente. La chispa de la idea puede surgir de la forma más inesperada; luego de reflexionar sobre una lectura, analizar un tema específico o imaginar, sin ningún motivo ulterior, una mecánica de juego. La mecánica de juego trae consigo la pregunta: ¿cómo se juega esto? Es lo primero que se preguntaría cualquier persona que se encuentra frente a una imagen, a veces de figuras geométricas, y en muchas ocasiones de tableros construidos con material reciclable. La mecánica son los límites o la forma por la cual la persona que juega interactúa con el tablero. Contiene las reglas generales de movimiento dentro del tablero y la manera en cómo el colectivo de participantes asumirá turnos dentro del juego. Es la parte lúdica del proceso y lo que en ocasiones a las personas le llama la atención porque rompe con la formalidad de la temática del taller, charla o imágenes proyectadas en la pared. A eso nos referimos cuando afirmamos de que el juego es el medio y no el fin. Es una cosa que tenemos clara a la hora de hacer nuestro trabajo. No se nos puede olvidar el objetivo principal y el fin de la actividad para que la metodología de trabajo sea coherente con su propósito.


El contenido y los objetivos del juego se fundamentan en la pregunta y no en la respuesta. La respuesta es algo que desconocemos. Un conjunto de respuestas pueden ser similares o no tener ninguna relación entre ellas. Todas están marcadas por historias y experiencias distintas. Cuando se construye una pregunta no se elige lo que se pretende saber sino lo que se quiere cuestionar. No es una competencia entre mejores respuestas, sino un proceso de construcción de identidad. Las respuestas producen diálogos que enmarcan conflictos, diferencias y convergencias entre quienes participan, porque la dinámica que se crea en cada interacción, aflora o representa lo que somos. En esa muestra de lo que somos o pensamos, es a lo que se dirige el cuestionamiento con la intención de construir otro mundo posible y nuevas formas de relacionarnos. Es permitirnos un espacio colectivo para reflexionar sobre situaciones de la cotidianidad, de relaciones normalizadas y reforzados con una enseñanza “incuestionable”.


Acompañar es un arte. Implica reconocernos dentro de los procesos. No facilitamos, no guiamos, no damos conocimiento y tampoco enseñamos, sino que acompañamos. No poseemos la verdad y tampoco podríamos establecer qué experiencia o procesamiento de la realidad particular de quien participa es incorrecto. Acompañamos porque en ese sendero aparecen palabras y acontecimientos no documentados o recopilados por personas que no lo vivieron de primera mano. Acompañamos porque reconocemos la existencia de otras personas que apalabran sus opresiones y sus pérdidas. Tendemos a valorizar unas fuentes del saber sobre otras. Regularmente los saberes populares quedan invisibilizados, son cuestionados y desechados. Trabajamos con personas que son expertas de sus vidas y sus circunstancias. Les acompañamos en procesos que les permiten reconocer o fortalecer esa verdad. Nuestra apuesta con la educación popular es reconocer que hay múltiples formas de construir conocimiento.


En la mayoría de ocasiones hacemos y no nos detenemos a reflexionar. Por ello como colectivo hemos concebidos los procesos como continuos y contextualizados y no como la popular expresión de cierre de capítulos. En su mayoría, el equipo de Pueblo Crítico tuvo una formación académica desde el trabajo social y esto también influye en los procesos de creación y de diseño. Esto hace que los procesos creativos sean ricos en experiencias y en profundidad. Con esto compartimos los procesos hermosos en los que nos encontramos y es nuestra apuesta para seguir trabajando en la construcción de un mundo más justo.

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