Educación Popular y el Trabajo Social: La apuesta de Pueblo Crítico

Actualizado: 19 de sep de 2019


Ponencia Presentada ante el Consejo Latinoamericano de las Ciencias Sociales (CLACSO) en Buenos Aires, Argentina.

25 de Noviembre de 2018


Por: Kamil Gerónimo

Revisiones: Roivelisse Sánchez, Addiel Florenzan, Coraly León & Odalys Rivera


Abstract:

Históricamente, la Educación Popular ha servido para gestar y acompañar los saberes de los pueblos latinoamericanos y caribeños en procesos de organización y resistencia. A través de una lectura crítica de la realidad, inspira procesos de acompañamiento que han posibilitado una construcción colectiva y diversa de lo que significa justicia y emancipación. En el camino, militantes políticos, que a su vez fuimos estudiantes de posgrado de trabajo social en Puerto Rico, hemos reconocido vacíos metodológicos y técnicos, tanto en la práctica de activismo como en la formación y acción profesional del trabajo social en la Isla. Las inquietudes nos llevaron a crear la organización Pueblo Crítico, como espacio para atender estas carencias y acompañar a otras personas militantes, profesionales y organizaciones, que se enfrentaban a las mismas interrogantes.






Introducción

Como colectivo acogimos la Educación Popular como punta de lanza, pero desde lugares particulares; algunes por experiencias de trabajo político y otres por el conocimiento que recibieron de la Educación Popular, y decimos recibieron porque la experiencia en ese proceso fue bancaria. Por esta razón, sentimos la necesidad de diseñar lo que llamamos sincronías reflexivas para que la praxis converse hasta ganar coherencia conceptual y práctica. La buena noticia es que nos llevó a querer gestar definiciones propias sobre los conceptos que más nos comprometían y también a interpelar a otras sobre nuestras pasiones mediante una estética colorida y creativa. Por ponerles un ejemplo, nuestra práctica nos regresó al brasileño Paulo Freire, pero no a la Pedagogía del Oprimido, sino al Freire de la Pedagogía de la Pregunta, porque precisamente ese era nuestro proceso. Y de la mano, nos ayuda hoy el colombiano Alfonso Torres con su texto sobre Educación Popular y Movimientos Sociales.


Las primeras reflexiones importantes han consistido en distinguir la educación de la pedagogía. Entendiendo la Educación como el campo más amplio en que las acciones sociales son políticamente intencionadas desde sujetos (individuales y colectivos) con la agenda de incidir en cómo otros sujetos “saben”, “valoran la realidad”, “actúan en ella”; sea en grupos, en el sistema escolar, a través de programas de gobierno, los medios y, por supuesto, los movimientos sociales. La noción que de la educación se tiene es que sirve para el funcionamiento social, cuando no es develado su carácter político.


Ello no siempre ha implicado que quienes protagonizan estas experiencias, o se especializan en ellas, se dediquen a cualificar sus prácticas o producir conocimiento sobre ellas, está ahí el rol de la Pedagogía; que a decir verdad no tiene razón de ser si no se realizan prácticas educativas. Entender la pedagogía como ese saber sobre la educación que vincula a los fines generales de la educación, la política, la economía, la cultura, añade niveles de complejidad en materia de teorías, enfoques, corrientes de pensamiento educativo que ofrecen una lectura profunda sobre cómo se pone en marcha determinado proyecto societario. La pedagogía te da espejuelos para leer que por esta ciudad corren trenes, buses, personas con inquietudes y rebeldías propias, alegrías e indignaciones, que sacuden la idea del pueblo feliz, funcional, por uno “construido” en función de intereses y no dado naturalmente.


Como uno de sus campos encontramos la didáctica, ese saber sobre la enseñanza, que incluye pensar los objetivos, contenidos, interacciones, metodologías, recursos y técnicas. Esta distinción nos ayudó a posicionarnos, porque para bien o para mal, el lugar que Educación Popular ha ocupado históricamente ha sido diferente y no siempre coherente; hemos vivido acceso a ella por diversas puertas. Por ejemplo, caemos en la trampa de concebir la educación popular solamente desde la didáctica, desde la enseñanza en espacios de clase, jornadas de formación o talleres, cuando la praxis de la EP trasciende los espacios de enseñanza y se alimenta de resistencias cotidianas.

Sin embargo, comprender el mundo de la didáctica lleva a concebir que para alcanzar los presupuestos pedagógicos de la Educación Popular, es igual de importante tener criterios a la hora de diseñar la metodología. Vemos lo metodológico como la decisión que se toma sobre el camino más adecuado (activos, participativos, experienciales o personalizados). La estrategia que se monta entonces va en función de la intencionalidad, de lo particular de quienes estamos y lo que nuestro contexto nos permite. Son los caminos y el calzado escogido para andar por él.


Ya las técnicas nos sugieren dispositivos específicos para poner en marcha esa metodología. Claro, solas no definen la identidad de la EP. Sin embargo, en ellas tiene que haber coherencia de regreso en cuanto a lo que la metodología y la didáctica articulan. Diseñar una técnica, conlleva una intencionalidad explícita, pero también un proceso que creativo que incorpore el pensar sobre la hora pensada para los contenidos y el espacio para interacciones contestatarias. Volver a Freire ha sido coleccionar su obra, operacionalizar la propuesta y afinar nuestros espejuelos según lo que nuestra práctica cotidiana nos exige.


Nuestras experiencias


Ante los retos que nos presenta la coyuntura histórica actual, hemos notado la necesidad de cuestionar y transformar las maneras en que nos hemos organizado pero sobre todo, diseñado. Ubicándonos en tiempo y espacio Puerto Rico, una colonia jurídicamente hablando, de más de 500 años. Las estrategias de organización han girado principalmente en torno de movimientos anti-coloniales, anti-imperialistas y anti-capitalista, con base en teorías clásicas de la izquierda revolucionaria regionales. Si bien estos enfoques son importantes, a la hora de organizar movimientos, la historia nos ha demostrado que es tiempo de reinventar nuestras maneras de acción. Las prácticas organizativas de reuniones y formación política han mostrado dejar vacíos metodológicos y de participación. Se requiere nuevas herramientas que permitan mayor participación democrática y liberadora en la cotidianidad, el reconocimiento de saberes y la creación de conocimiento mutuo desde donde se construya y reflexione constantemente el poder popular.


Como militantes

Por un lado, hemos reconocido que la participación social y política contestataria se ha caracterizado por tres aspectos clave; 1) estilos de liderato que reproducen el orden social desde las intersecciones coloniales, xenófobas, patriarcales, racistas y clasistas, 2) un lenguaje exclusivo sobre cómo expresar la lucha, y 3) un arquetipo emocional desde el cual crecer hacia la constitución de movimientos desde la izquierda. Este Triángulo de las Bermudas de la participación política tradicional, impide el avance de narrativas contestatarias que sean atractivas e irresistibles a nuestro pueblo, pues reproducen estilos de vida opresivos y se contraponen al proyecto de país que aspiramos radicalizar desde la alegría y la subversividad.


Como profesionales del trabajo social


Por otro lado, aproximándonos a la práctica profesional del trabajo social, hemos enfrentado los vicios de la cuestión social y la manera en que la formación académica cultivó inconsistencias significativas entre el discurso de justicia social y la alienación profesional de cara a esta realidad. En raras ocasiones la propia experiencia académica, en su intención y estructura pedagógica, se convirtió en objeto de estudio en sí misma, lo que dejó grandes lagunas teórico-metodológicas y ético-políticas. Desde el trabajo social, incluso crítico, nos topamos con que la formación y acción, desde la profesión, puede propiciar que cuestionemos nuestra realidad, pero no forja las herramientas para construir proyectos que la transformen; permanece en el campo del pensamiento crítico y no operacionalizar la acción. De esta forma el actuar prevalece en su corte asistencialista. Como nos comparte Antonio Faundez, en su libro hablado con Freire “Nadie discute que nosotros -los hombres, las mujeres y sobre todo los intelectuales- necesitamos ideas para comprender el mundo. Pero si se transforman en modelos - o sea, si no son aplicadas creativamente a la realidad- corremos el riesgo de confundirlas con la realidad. Así, es lo concreto lo que debe adaptarse a las ideas y no al revés”.


Con ambos trasfondos, mientras comenzábamos nuestras primeras experiencias laborales relacionadas con el trabajo social, nos propusimos un proyecto político-pedagógico autogestivo, que a tiempo parcial nos llevase a gestar propuestas concretas de acompañamiento desde la Educación Popular. Estos vacíos teóricos y organizativos, tanto desde el activismo como del trabajo social, nos llevaron a asumir nuestras prácticas partiendo de una concepción que tome en cuenta el factor pedagógico y las realidades concretas nuestras y de las personas con quienes nos involucramos. Buscamos tomar en cuenta las distintas formas de resistencia existentes, desde el entendimiento de nuestro ser y condiciones. Así surge Pueblo Crítico, como una propuesta de organización y respuesta, desde esta visión, que parte de la pedagogía del diálogo y la participación.


Comenzamos por crear herramientas, procesos y experiencias, hasta llegar a asesorar y formar políticamente a diversas poblaciones, conectando con el pueblo y resignificando nuestra militancia y acción profesional. Junto con personas y organizaciones, hemos ocupado el campo de la subjetividad para hacer frente a los estilos organizativos tradicionales, la democracia participativa crítica en la cotidianidad, la horizontalidad en la acción y prácticas de bienestar colectivo. Estas últimas han venido a reconocer y validar las experiencias vividas, con el objetivo de transformar las prácticas de organización y resistencia. En ese camino, hemos construido un lugar desde el cual concebir y diseñar un tipo de trabajo social, para el cual no fuimos “formados” pero que responde a nuestras propias aspiraciones e intereses de quehacer en el país.


Dos herramientas han sido exitosas en el encuentro de estas veredas. En primer lugar, un afiche para facilitar espacios de encuentro colectivos. En segundo lugar, juegos de mesa con contenidos y mecánicas que deconstruyen la realidad y hacen frente a las visiones de mundo que portamos para dar paso a propuestas que, en ocasiones, son novedosas en materia de dignidad y rebeldía y, en otras, vuelven al arte básico del diálogo. El juego en el espacio de Pueblo Crítico sirve como medio para el análisis de la realidad social y el intercambio de ideas y conocimiento. Jugar se presenta como una invitación irresistible a la reflexión, lo lúdico permite que nos enganchemos en una dinámica donde la participación activa destapa las visiones de mundo y concepciones de partida.


El afiche, titulado 10 Claves, tiene como propósito promover una cultura de ánimo y productividad en espacios de reunión sociales, profesionales y políticos. La herramienta permite facilitar, dinamizar, horizontalizar y potencializar la forma en que tradicionalmente nos encontramos, independientemente de los fines para ello. El uso táctil e interactivo ha llevado a los grupos a tomar decisiones colectivas sobre su propia socialización. Por un lado ha auxiliado la productividad mientras promueve respetar el tiempo, por otro, ha visibilizado la sobrecarga de tareas en las mismas personas de siempre, ubicando el bienestar colectivo como estrategia de prevención . En Pueblo Crítico continuamos utilizando la herramienta, luego de un año de creación, y también es utilizada autónomamente por grupos que la han solicitado.




En tiempos recientes, sólo mencionar el autocuidado ha sido asociado viciosamente con discursos del capital y la neoliberalización que promueven la autoayuda y la resiliencia. La crítica desde la izquierda se ha fundamentado en la forma en que las personas, en su individualidad, se perfilan como únicas responsables de la salud y el control emocional; al margen de factores opresivos de carácter sistémico. Nuestra respuesta ha sido, por medio de esta herramienta, develar la forma en que nuestra praxis hace eco de esos factores opresivos, en la apuesta por construir otro mundo posible. Proponemos la lógica de bienestar colectivo en la cotidianidad como estrategia de sostenibilidad para la propia organización y resistencia.


Una segunda herramienta exitosa ha sido el juego de mesa titulado: La vida y el amor en Vieques, Puerto Rico. Inicialmente, se nos contactó para trabajar el tema de las, enfermedades de transmisión sexual y la prevención de embarazos en la adolescencia. La intención de la organización que solicitó nuestro acompañamiento, era reforzar en 26 jóvenes entre 12 y 17 años de edad, la importancia de tomar buenas decisiones en la adolescencia; con un enfoque preventivo. Más allá de lo lúdico, aspiraban a poner sobre la mesa las relaciones de pareja en la adolescencia y la importancia de las buenas relaciones familiares, mediante la introspección individual y colectiva. Ante el llamado, con certeza de que el tema es de urgencia en materia de empoderamiento sexual y reproductivo juvenil, lo primero que hicimos fue re-diseñar los objetivos de forma que pudiéramos reconocer críticamente el contexto social y afrontar la percepción de los personas jóvenes como las únicas capaces de tomar decisiones sobre su sexualidad. En una cotidianidad donde reina un sistema patriarcal, racista, fundamentalista y heteronormativo, nos propusimos echar mano de la interseccionalidad en las situaciones que se encontraron quienes participaron en el tablero de juego. Los objetivos propuestos fueron reflexionar críticamente sobre la toma de decisiones en la juventud, discutir las implicaciones de las prácticas sexuales riesgosas, co-construir el ideal de una relación amorosa, analizar los límites y oportunidades de las relaciones familiares y explorar la ideología de vida que tienen las y los jóvenes en el contexto social de ese pueblo.



El grupo se sentó alrededor de un tablero, en el que asumieron turnos de juego en pareja. Al llegar su turno, recibieron un dado de color y al lanzarlo acudieron a diversas área del tablero que simulaban lugares de encuentro juvenil. Allí se encontraron con personajes y situaciones que provocaron la reflexión sobre los objetivos propuestos y estimularon ir a la raíz de problemas aparentemente ficticios, en busca de soluciones para la vida real. Quien facilitó y moderó el tiempo para asegurar que todas las persona se expresaran, limitaban el tiempo y una animación que garantizara tanto el humor como el pensamiento crítico. La pregunta problematizadora ha sido clave en el diseño de estas herramientas pues ayuda a cuestionar lo dado, para dar lugar a lecturas profundas y controversiales del contexto. En Pueblo Crítico hemos optado por premisas y aseveraciones en aras de restar la intimidación que subyace en las interrogantes cerradas que buscan respuestas válidas, cuando no enciclopédicas. En los juegos diseñados buscamos las respuestas posibles y vigentes que condicionan la propia existencia y las relaciones interpersonales.


Luego de año y medio de fundación y la creación de juegos de mesa variados, de cartas, técnicas participativas, manuales de diseño, talleres y herramientas, queremos enriquecer nuestra praxis, compartiendo las experiencias vividas y acercándonos a nuevas formas de concebir el pensamiento crítico latinoamericano y caribeño.


Referencias


Freire, P., Pérez, E., & Martínez, F. (1988). Pedagogía de la pregunta. Quito, Ecuador: Corporación Ecuatoriana para el Desarrollo de la Comunicación.


Freire, P., & Mellado, J. (2017). Pedagogía del oprimido. Ciudad de México: Siglo Veintiuno.


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